Aparición

 

“Es la aparición de un hombre muerto” se limitó a decir María, mientras agarraba a su hija de la mano y la detenía en el camino a casa. Era una tarde de viernes lluviosa y se oían truenos en la distancia, pero por suerte ellas contaban con un paraguas y el viento no soplaba con mucha fuerza, de modo que las dos estaban secas. El sol empezaba a ponerse lentamente, pero lo que realmente inquietaba a María eran los extraños destellos morados que se encontraban frente a ellas, luces siniestras e inusuales por la falta de un bombillo que las proyectase. “Es un alma en pena que ronda por donde pasaba antes de morir” complementó, tratando de explicar a la pequeña Sofia por que se encontraban afanadas de la nada. “No debemos estar tiempo con ella, es de mala suerte. Toca rezar por su descanso cuando logremos regresar”. Sofia jamás había visto un fantasma en la vida real, ella creía que solo existen en las películas, Ver esa luz morada en una curva de la carretera era ciertamente una nueva experiencia. Trató de tomarle foto, pero para su asombro-y desconcierto- las luces moradas no aparecían en la pantalla de su teléfono, solo ella -y su aterrada madre- podían verlas.
Se encontraban en la carretera municipal, volviendo del centro del pueblo después de haber pasado el día afuera, para descansar en la finca. María usualmente llevaba a su pequeña hija de la mano todos los días al centro, debido a que a la pequeña le gustaba jugar en el parque, como a cualquier niño de su edad, con otros niñitos de su edad y en los columpios para niños de su edad. La inusual presencia delante de ellas, oculta bajo la niebla y las gotas de lluvia, constituía una ruptura de la rutina que las dos mujeres repetían alegremente. María en el fondo no sabia que hacer. Podría devolverse y esperar en la cabecera municipal comiendo helado, pero no le gustaba caminar de noche al costado de la carretera, por una mezcla de superstición y miedo a los canes, los carros, los desplazados y las cosas que solo salen de noche, que su hija pensaba eran demasiado feas para asomarse en el día. Por el otro lado, podía 
cruzar al otro lado de la calle, avanzar tratatando de ignorar los fuegos fatuos y correr de vuelta a casa, pero le preocupaba lo que la inocente Sofia pudiese ver o escuchar mientras hacia su maniobra. Decidió mejor parar por un momento, cruzar la barrera destinada a frenar algún carro que chocase y avanzar a una roca cercana,  en el mirador del pueblo. Con una toalla que sacó de su maleta secó lo mejor que pudo, pero de todas formas decidió extenderla para que ella y su pequeña pudieran sentarse. La lluvia había cesado, pero la niebla (y las aciagas llamas) persistían.

“Mami, ¿podrías pasarme un ponquecito?” dijo Sofia, a lo que su madre buscó en su maleta, para posteriormente pasarle un chocorramo. La pequeña sonrió y empezó a comer. Mientras reposaban, un diminuto perrito negro, mezcla entre chihuahua y quien sabe que más, acompañado de un can más grande, pasaron jugando por al lado de ellas. Los dos animales iban en lo suyo hasta encontrarse con la aparición, a la que le ladraron fieramente. Si bien la niebla contuvo el sonido por un rato, eventualmente se les unieron perros de todas las fincas vecinas, quizá incluso en el pueblo.

“Mami. ¿Por qué le ladran a las luces”.

“Es por que saben que detrás de ellas está un alma en pena” contesto María, ya con algo de tranquilidad traida por el descanso que tomaron.

“¿Qué es un alma en pena?”

“Como su nombre lo dice, es una persona muerta que no ha podido descansar en paz. Puede ser que esté demasiado preocupada por alguien a quien conociese en vida, o puede haber dejado algún asunto sin atender, y eso debe tenerla en tal angustia que ha vuelto de los muertos y ahora se le puede ver”

“¿Tu crees que será mi papá?”

“¡No digas eso, tesoro! Tu papá se encuentra ya en el cielo, y le pide a papá Diosito por ambas todos los días. Puede que ya no este con nosotros, pero su amor nos protege desde el otro lado”.

Sofia no se dio cuenta, pero María empezó a llorar suavemente mientras pronunciaba esas palabras. Su esposo perdió la vida tras un accidente de tránsito. Ella se quedó sola, atrás, con una hija de 1 año, hacía ya media década. Aunque trabajaba demasiado duro, no se puede decir que fuese descuidada en la maternidad, puesto que la pequeña Sofia ,educada, generosa y bastante agraciada, si bien algo tímida, era querida por tanto maestros como niños en el pueblo. Era un rayito de sol en lo oscura que fue su vida en los primeros dos años tras la muerte de Leonardo, su razón de ser, y esperaba que lograra ser una profesional y vivir una vida mejor que la que ella pudo vivir. Claro que en el fondo le preocupaba el momento en que se fuera de la casa cuando creciera, ya que, aunque fuese una etapa natural de la vida, no sabia si seria lo suficientemente fuerte para afrontarla. “Igual tiene apenas 6 años”, musitó para su interior, “bastante tiempo juntas nos queda”.

“Mami, ¿Cuándo el fantasma se vaya podemos comer papitas y carne frita en casa?”

“Te preparé papitas fritas el lunes, primor”

“¡Pero mami!”

“El ajiaco y el hígado encebollado alimentan más y son mejores para ti”, dijo María, a lo que su hija se limitó a hacer un puchero y cruzar los brazos. “Yo se mami, pero es que me gustan mucho las papitas”.

“¿Te parece si comemos el ajiaco y el higado hoy y mañana te preparo papitas fritas con carne?”. Después de pronunciar estas palabras, el rostro de Sofia se iluminó. “¡Sí!”. “No se diga más”, declaró María. Mientras hablaban, los destellos violetas se disiparon, pero no se dieron cuenta, ya que ambas estaban mirando hacía el pueblo. La luz de la luna aclaraba el paisaje, y las luces del municipio se veían en la distancia.

“Te quiero, Mami”

“Yo también te quiero, Sofia”

 

 

Comentarios