Tarde en Bicicleta
¿Recuerdas
la vez en que salimos a montar bicicleta? Era una tarde soleada y hacia clima
agradable, en contraste con la fría mañana que hizo. Estabas ahí, sonriendo
como siempre, tus ojos oscuros observándome atentamente. Sabias que no se me
daba montar en bicicleta, ya te había contado que no soy tan bueno, pero te
dije: “quiero intentarlo, no creo que pueda ser tan malo”. Pero si era así de
malo, apenas si podía girar. Decidimos que no era adecuado, y postergamos
montar bicicleta para otra ocasión. Dije que sería mejor si vamos al parque, a
jugar con la pelota. Accediste con un movimiento de cabeza. Y fuimos al parque.
A esta hora
de la tarde, el parque estaba solo, supongo que es mejor así, sin que nadie
pueda interrumpir nuestra reunión. En el fondo, me preguntaba qué tan arruinada
estaba la ocasión por mi fracaso en la cicla, pero me apenaba preguntar algo
así en voz alta. Traté de ignorar los pensamientos intrusivos y decidí darle
una oportunidad a la pelota. Aun cuando hace rato que no practicaba con esta,
creo que salió considerablemente mejor. Estuvimos corriendo detrás de ella un
buen rato, pateando, parando y persiguiendo una pelota, como lo harían dos
jóvenes en un colegio. Supongo que seguimos siendo jóvenes, aun cuando ambos ya
no estemos en el colegio. A eso de las 4 nos aburrimos y decidimos sentarnos
bajo un árbol, a tomar agüita, descansar y hablar. Buscamos uno grande, en lo
oscuro, lejos de los otros y apartado de los demás, y nos echamos al piso.
Después de
tanta agitación, ambos estábamos extenuados, respirando fuertemente, pero
eventualmente recuperamos el aliento. Empezamos a hablar, pero te noto triste.
No me agrada verte triste, así que decido escuchar atentamente. En el fondo, no
puedo hacer nada, pero escucho tus problemas de todos modos, quizá en una forma
que se asemeje a como un espectador observa la escena de una película, tratando
de sentir empatía, pero sin poder interferir con el curso de los hechos. Al
final, trato de dar mis opiniones, pero se sienten algo fuera de lugar. Siempre
he sido algo idealista, y creo que has notado que ando con la cabeza en las
nubes; tu eres el más lógico, calculado y realista de los dos, si bien un poco
pesimista a veces. De cualquier forma, no parece hacer sido tan grave: la
discusión se ha prolongado un poco más, y parece que con resultados positivos.
Se que no es mucho, pero espero realmente estar ayudando con los pocos consejos
que puedo dar. Después de todo, solo quiero verte feliz.
Tu
semblante cambia un poco, relajando sus dulces y, engañosamente, inocentes
facciones. Eventualmente, se esboza lentamente una pequeña sonrisa en tu cara.
Decido abrazarte, y parece que me correspondes. Tus manos pequeñas acarician mi
espalda, las mías se limitan a aferrarse a ti. Siempre me ha agradado el olor
de tu desodorante, en el que trato de concentrarme mientras permanecemos
pegados. Después de un rato, nos separamos, pero ambos sabemos que la cosa no
se va a quedar ahí. Tomo tu mano y entrelazo tus dedos con los míos,
acariciando suavemente mientras me voy acercando a tu rostro. Beso suavemente
tu mejilla y ahí se encuentran nuestros labios, el contacto entre ellos
encendiendo mi interior. Es un beso largo, pero uno dulce, una danza en la que
ambos somos novatos todavía, pero que los dos nos encontramos disfrutando en
este momento. Después de separarnos, decido acostarme en tu regazo, y ahora tus
manos se encuentran acariciando mi rostro, haciendo movimientos circulares en
mis mejillas. Son las 5 de la tarde y el sol empieza a caer lentamente. A veces,
la vida es buena.
Comentarios
Publicar un comentario