Memorias de Autobus


Amanda despertó, procedió a mirar su reloj, a ver la hora-las doce del día- y decidió asomarse por la ventana. Ya no se encontraba en la ciudad, sino en un campo de amapolas, que contemplaba desde el bus. Agarró su botella y bebió, triste, un largo trago, sin importar que pudiesen pensar los pocos pasajeros que la acompañaban. Después de sentir el ardor en la garganta, terminó preguntándose qué giros había tomado su vida para terminar allí.

Pensó en sus padres: Martin y Esmeralda. Sabía que se habían conocido en la universidad, a pesar de que estudiaran diferentes carreras, ya que ambos tuvieron que cursar filosofía en los primeros semestres. Hecho el primer vínculo, y con el transcurrir de los años, fueron enamorándose, para terminar en un matrimonio diez años después, tras ella quedar encinta, causando la desaprobación de los padres, pero que importaba, puesto que, al final, se amaban. Tanto así que tuvieron 3 hijos: Amanda (La mayor), Eduardo (tres años menor) y el pequeño Pedrito.

Herida por el recuerdo, Amanda dejo caer una lágrima y bebió otra vez de la botella, esta vez un trago más grande. Siguió con sus reminiscencias, esta vez de recuerdos de su infancia. A los cinco años, su papá le enseñó a andar en bicicleta; a los siete su madre le enseñó a tocar la guitarra; a los nueve ganó un concurso de talentos. Sonrió levemente y siguió recordando. A los diez años, tuvo una de las mejores fiestas de cumpleaños, con una bicicleta de regalo y un delicioso pastel de chocolate, pero vaya pastel. Después de esto, pensó en la última navidad en la que estuvo con su madre, y en lo felices que lucían sus hermanitos.   

Agarró de nuevo la botella, mientras pensaba en sus hermanos. Eduardo era bastante introvertido, tranquilo, sumiso y callado. No era alguien de muchos amigos, pero tenía una muy buena relación con su hermana, a quien le contaba su día a día. Eduardo solía mimar mucho a Pedrito, el menor de todos, que era dulce e inocente, como se esperaría de cualquier niño.

Se vio a sí misma en ese momento, en la cena familiar navideña, cuando ella tenía quince, Eduardo doce y Pedrito siete. Recordaba aquel momento con bastante alegría. Lucia tan perfecto, entonces, ¿Por qué se estaba marchando?

Afuera ya no estaban las flores, pero nubes de lluvia habían aparecido, mientras pasaba el autobús cerca a las montañas. Amanda empezó a llorar en silencia, mientras tomó una vez más de la botella. Con melancolía, recordó la decadencia de su hogar: Al próximo año, su madre murió en un accidente de tránsito, una semana antes de la navidad. Mientras las otras familias cenaban y abrían regalos, ellos la estaban velando. Una sombra causada por su ausencia cayó sobre la casa, atormentando a todos, pero más que todo a su padre. Nunca volvió a ser el mismo hombre. Empezó a beber, a endeudarse, a llegar tarde. Se distanció de la familia, irónicamente, por el miedo al abandono que la muerte de su esposa le había generado. Amanda pudo haberse marchado con sus hermanos en ese momento, pero no lo hizo, puesto que esperaba que todo pudiera ser como antes. Cuan equivocada estaba.

A los dieciséis, trajo a un muchacho del colegio a casa. Su padre, colérico, no solo lo echó a él, sino que también  la agredió con una correa, sin motivo aparente. Tras ese día, Martin descargaría su ira sobre sus hijos de forma cotidiana, golpeándolos, gritándolos y humillándolos. Amanda comenzó a perderse a sí misma, y en intentos de escapar de la realidad, desarrolló adicciones: primero, a la botella, y luego, a las píldoras que le pasaban sus contactos del colegio. Es impresionante como su vida se fue por el desagüe, después de todo, era su último año en el colegio. Quizá viajara a otra ciudad para estudiar, o quizá se quedase en casa para acompañar a lo que quedaba de su hogar.

Todo sucedió muy rápido, como en un mes. Primero, para el cumpleaños de Pedrito, lograron invitar a algunos niños, aunque fuera por una hora. En la noche, los padres de aquellos niños llamaron a las autoridades, y Martin perdió la custodia. Posiblemente fuese por los moretones. Sin embargo, sobre Martin no recayeron consecuencias legales debido a un vacío que el abogado supo aprovechar.

Una semana después, sucedió un desastre aún mayor. Eduardo fue hallado con un muchacho de su edad, en una situación algo “comprometedora”. Martin entró en cólera. Gritando, maldijo a su hijo, renegó de él, lamentó haber criado un “maricon”, y lo golpeo tenazmente con la correa, con el cable de la plancha, con los puños. Amanda suplicaba para que aquello parase, pero su padre solo la apartó de un golpe. Los vecinos llamaron a la ambulancia y a la policía…

Amanda, sollozando, intentó tomar más, pero se había acabado la botella. Riendo amargamente por el peligro que involucraba beberse toda la botella de whisky sola, se durmió. Mientras tanto, el sol caía, y la ciudad se acercaba al autobús.  

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