Intoxicación
Se
encontraba mareado, en parte por todas las latas de cerveza que ya llevaba
encima, y sus pensamientos se cortaban por el humo del cigarro que su amada
consumía frente a él. Eso en cuanto a lo poco que lograba pensar, la
impresionante cacofonía del lugar y los varios cuerpos que chocaban con el suyo
suprimían cualquier intento de pensar algo. En este momento, era solo una
bestia, preso de sus instintos primitivos, de un intento desesperado de obtener
serotonina y librarse del estrés de la agobiante semana. Pero no tenía que
pensar en los claustrofóbicos escenarios de su vida, cubículos de oficina y el
bus, ni debía de preocuparse por la pila de trabajo que lo recibiría el lunes
en la mañana; era en ese momento libre, tan apretado y asfixiado como en el resto
de su rutina, pero demasiado intoxicado y eufórico como para poder preocuparse
por ello. Era libre, libre como un gato en una casa, es decir, no era tan
libre, pero se encontraba cómodo, incluso satisfecho, con los límites que se le
habían impuesto. Lo suficientemente cómodo como para no romper en llanto, como
varias personas en la barra; no señor, el estaba en la pista de baile,
saltando, meneando la cadera y restregándole eso que sonroja a las monjas a su
amada de esta noche. Quien era ella poco importaba, nunca la volvería a ver, y
aun si volviera a encontrarla, no lo recordaría: la resaca y la semana que
vendría sobrescribirían su memoria, potencialmente eliminando el encuentro de
su memoria. Claro que aquel pensamiento tampoco importaba, al igual que la
letra de la canción del fondo; solo eran escenografía en su anfiteatro, y esta
noche el era el protagonista de la obra.
Eventualmente,
la música se tornó lenta, perfecta para bailar en pareja, y agarró por las
caderas a la quizá doncella con la que había estado coqueteando durante el
resto de la noche. La joven rio, de forma dulce y juguetona, y correspondió al
gesto abrazándole ahora ella a él. Era una balada lenta, de esas que ya casi no
se oyen, reemplazadas por los pitidos de una computadora. Bailaron como se
corresponde, apachurrados y mirándose a los ojos, así como se mirarían dos
personas que tienen algo importante que decirse. Más no había realmente gato
encerrado entre ellos, solo estaban demasiado ebrios como para mostrar algún
tipo de inhibición. Era, al final de la noche, el sitio correcto para estar,
donde aquellos exprimidos por su día a día y atormentados por su poca estima
podían ser campeones en algo. Y eran campeones en la seducción él, que
tartamudeaba cada que se acercaba a la recepcionista de la oficina, o a
cualquier dama que no lo doblara en edad; y ella, que había aceptado que todos
los hombres son basura, y como la basura debían ser aprovechados al máximo
antes de ser desechados y reemplazados por otro más brillante, más grande, más
delgado, más sonriente, más oscuro, más algo, cualquier cosa que sea novedad.
Como todo
lo bueno, o como cualquier mal, la balada se acabó, y algo más frenético empezó
en su lugar: el ruido aceleró y todos los presentes manifestaron su emoción con
un grito, antes de saltar como los platos de un chileno, haciendo que la sala
de baile sonara como un bosque, donde cada salto en unísono correspondía a un
árbol cayendo. Era un estruendo impresionante, lo suficiente como para
desconectarlo del ambiente. Mareado y con los ojos pesados, se arrastró de
forma lánguida y extenuada a la barra, a pedir otra cerveza. Bebió de golpe,
sin darse el lujo de saborear, seguramente era amarga, de todas maneras, y
procedió a pedir otra. Tras una cuarta, se precipitó a la pista de baile, donde
las personas habían iniciado, sin él, un trencito. Logró incorporarse a la
fila, a otra fila más, como las del banco o las del mercado, agarrando de los
hombros al monito que había quedado en frente de él, sacudiendo la cabeza, a un
lado y al otro, avanzando en la fila de placer hedonista en la que se
encontraba. La cabeza a la izquierda, a la derecha, a la izquierda; era libre
en este momento, volaba como una gaviota sobre el mar, sin rumbo y sin
preocupaciones, atrapado en el momento y gozándolo al máximo; a la derecha, a
la izquierda, a la derecha; libre, hasta que volviera a la oficina, a sacar
balances tributarios del mes y ser gritado por un enano con problemas de manejo
de la ira; a la derecha, a la izquierda, a la derecha; libre, pero aun más
libre cuando fuera por unos cuantos tragos más que le permitieran ignorar esos
pensamientos intrusivos, que se interponían entre su felicidad en la pista de
baile; a la derecha, a la izquierda, a la derecha; libre, quizá demasiado
libre.
En su afán
de olvidar sus cargas en la fila feliz, se estrelló contra una pared. Cayó al
piso como un meteoro por la atmosfera y casi se le van las luces en el frio y
brillante suelo de la pista. Mientras volvía en sí, se dio cuenta de que
sangraba por la nariz, una hemorragia pequeña pero fastidiosa, que empezaba a
machar su ropa. Haciendo un esfuerzo colosal por levantarse, y tambaleando
torpemente por la pista, caminó hacia el baño de hombres. Cruzó la puerta y
observó su rostro, ojeroso, somnoliento y acabado por el acné, ahora con un
tinte rojo que iba desde los labios hasta el cuello. Fue por papel para mojar y
limpiarse, pero tropezó y terminó de cara contra una baldosa. Sangraba más
profusamente. Tratando de pararse, en vano, como todos sus esfuerzos de salir
de su miserable apartamento, se percató de una gran mancha en su pantalón que,
juzgando por el olor, no se trataba de sangre. Tumbado en el piso y meado, no
pudo evitar pensar en que parecía un crio, lo que lo llevo a pensar en su santa
madrecita, que llevaba meses sin visitar. “Nunca tengo tiempo para visitar a
mamá”, pensaba para su interior, “nunca me queda dinero para ahorrar, nunca
tengo una sola semana en la que no me halle a contrarreloj para entregarle
informes al hijueputa enano”. Sus ojos empezaron a humedecerse, pero decidió no
darse por rendido aún. Solo tenia que usar el baño, salir, ordenar otra cerveza
y seguir bailando; “ah y limpiarme la cara antes”, musitó. Reptó de forma
innatural a un inodoro, se apoyó en este con sus brazos y trató de erguirse.
Pero no tenía la fuerza suficiente para pararse, así como no la tenía para
completar informes, o para volver al transporte público, o para siquiera volver
a su conjunto a llorar allá. Las lágrimas se derramaban por su rostro; no era
el protagonista de una historia y ciertamente no era un héroe o un campeón de
la vida; era un fracasado, un pobre diablo que cometió las decisiones erradas y
no poseía el vigor para tomar las correctas ahora; un inútil sin pareja que
había apartado la poca familia que tenía; era, simplemente, un perdedor con
problemas de alcoholismo. Soltó todo, tanto mental como físicamente, dejando el
inodoro lleno de vómito verde y gris, y se tiró al piso, pensando en su miseria
hasta que su agotada mente no pudo pensar más.
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