Terrores Nocturnos
Tengo tanto
miedo. Otra noche, los terrores nocturnos han vuelto. Otra noche, vuelven a
atormentar mi alma. Han estado aquí desde que tenia 4 años, pero jamás me
habían asaltado con tanta fuerza como antes. Jamás se habían sentido tan
viscerales, o tan impactantes, como lo que acabo de presenciar ahora.
Están
empezando a invadir mi mundo consciente, a desestabilizar mis pensamientos, a
desbordar mis emociones y a aislarme de la realidad. Me tomó un rato darme
cuenta de que estaba despierto; era tan real, realmente sentí que estaba
muerto, que mi familia estaba muerta, que hay alguien acá, en este cuarto, o en
la sala o, sencillamente, en algún lugar de la casa, esperando a que me duerma
para resumir lo suyo. Tengo miedo de moverme demasiado y alertarle de mi
presencia; tengo miedo de levantarme y buscar por la casa; tengo miedo de ver a
mi familia muerta; tengo miedo de encontrarla viva, pero vigilada por el
intruso; tengo miedo de ser arrastrado por detrás, sin ver adonde se me conduce
o cuanto tiempo duraré; tengo miedo de dormir y que opere cuando ya nadie le
puede vigilar; tengo miedo. Apenas si puedo respirar, pero no ayuda para nada,
mi estomago vacío aprieta mi pecho, me tiene sofocado, nauseabundo, sin saber
si voy a vomitar o desfallecer brevemente por la falta de aire. Se siente como
si la pesadilla siguiera ahí, como si mi demonio siguiera aferrándose a mi
piel, alimentándose de mi miedo, esperando a que vuelva a descansar para
castigarme de nuevo. Y me encuentro ahí, entre lo real y el sueño, tratando, en
vano, de tomar tierra y centrarme en algo, cualquier cosa, que me permita salir
de este trance extraño, entre el delirio onírico y la realidad, en el que la
paz me ha sido negada.
Con el
pasar del tiempo, el pánico empieza a diluirse lentamente, y el sueño empieza a
apropiarse lentamente de mi mente, pero dormir aun no deseo, puesto que temo
que siga ahí. Todavía me encuentro demasiado asustado para buscarlo, pero
también persiste el deseo de permanecer despierto, vigilante, atento a sus
movimientos, a que revele su ubicación. Sabe que esto es un juego que perderá
el primero que se exponga: el, si revela su ubicación; yo, si me descuido y
caigo en el letargo antes de encontrarlo; sus aliados son el rio y las
cigarras, pero yo me encuentro solo, esperando a que el tiempo pase, esperando
cualquier señal que confirme mis sospechas o que, por el contrario, indique que
estoy a salvo y que es seguro descansar. Quizá por eso me encuentro redactando
esto, para dejar algún registro de lo que sucedió en caso de que perezca aquí.
Una memoria, frágil como una rosa y torpemente escondida, como un niño en
recreo, pero al fin y al cabo una memoria, que actúe como testimonio de lo que
sucedió; de lo que puede suceder; de lo que va a pasar; o más bien, de lo que
estoy esperando.
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